domingo, 14 de diciembre de 2014

Bertolt Brecht: La evitable ascensión de Arturo Ui
            Confieso que el teatro épico brechtiano, visto a través de los ojos de un manual, me resultaba poco atractivo. No entendía esa intención de que el espectador no se identifique con los personajes teatrales ni sus sentimientos, que parece ser la base conceptual de la que parte el autor. También siento mucho recelo por la literatura didáctica de cualquier clase: política, religiosa... porque literatura didáctica buena haberla, hayla, pero cuesta encontrarla. Y, para rizar el rizo, dice  Brecht en el primer punto de su “órganon”[1]: “El teatro consiste en representar figuraciones vivas de acontecimientos humanos ocurridos o inventados, con el fin de divertir. Esto es, en todo caso, lo que damos por supuesto en este escrito, y tanto al hablar del teatro moderno como del antiguo”. O sea, que el espectador no iba a verse envuelto en la acción escénica, sino que iba a ser un observador objetivo; las sensaciones presentadas en la obra iban a conducir a una toma de conciencia y, todo ello, desde un punto de vista lúdico... La mera enunciación abstracta del pensamiento brechtiano era para mí incomprensible, pero Brecht es uno de los renovadores del teatro del siglo XX, así que mi curiosidad me hacía imposible obviarlo. Era el momento de lanzarse a la lectura y crearme una opinión propia.
            Uno de los textos que más han llamado la atención ha sido La evitable ascensión de Arturo Ui. Brecht nos presenta al  gánster Arturo Ui, trasunto de Hitler, y nos hace reflexionar sobre su personalidad y la manera en que terminaría alcanzando el poder en la ciudad valiéndose del trust de la coliflor. El paralelismo con el ascenso de Hitler en Alemania, con la posterior ocupación de Austria, la de otros países europeos y su derrota tras una salvaje guerra mundial, es bastante transparente. Los seguidores de Hitler se transforman en la obra en matones a sueldo y Europa en el reino de los tenderos. Pero no debemos entender este juego de alegorías como un ocultamiento de la realidad o un mero artificio poético, sino que, muy al contrario, se trata de revelar la auténtica naturaleza del dictador, sus acólitos y el mundo que los hizo posibles.
Bajo las hermosas palabras que hablan de la patria, de la defensa del bien común, de la pureza de la propia naturaleza y la propia moral frente a unos “otros” supuestamente impuros y degenerados, lo que se oculta es un hombre cínico, carente de cualquier escrúpulo moral e incapaz de sentir ningún tipo de afecto, ni siquiera hacia los propios compañeros que lo han aupado. Sin embargo, su discurso y sus poses bien estudiadas engañan al pueblo llano; su brutalidad doblega a los indefensos y a los cobardes, y su dinero, o la promesa de obtenerlo en grandes cantidades y con poco esfuerzo, gana las voluntades de los que son como él y quieren enriquecerse a cualquier precio, y de quienes no tienen interés en preguntar cómo lo ha obtenido.
            Arturo Ui es posible cuando el hambre y las privaciones son moneda corriente, la justicia se vende al mejor postor y nadie se atreve a decir la verdad ni a mirarla. En este mundo la insolidaridad y la búsqueda de culpables que sirvan de chivos expiatorios es la norma. El fuerte pisotea al débil y éste, a su vez, destruye al que es todavía más débil. Lo único que hay que hacer para que la sociedad bendiga a quienes a la postre serán sus verdugos, es encontrar palabras suficientemente grandiosas y virtuosas,  por irracionales que resulten, que enmascaren las acciones más viles. Entonces se puede robar y matar impunemente y la corrupción moral de la sociedad se convierte en un cáncer que afecta a todos sus miembros. Esto es lo que nos dice Bertolt Brecht. De esto es de lo que nos advierte.
            Porque si el autor nos traduce al lenguaje teatral los hechos reales que sucedieron en Alemania en una época histórica muy concreta no es para que nos lamentemos de un pasado que, afortunadamente, ya quedó atrás. Es para exhortarnos a que escuchemos lo que significan las palabras que nos son dichas, para que aprendamos a juzgar la realidad por nosotros mismos, para que no perdamos la honradez y cuanto de humano hay en nosotros por unas cuantas monedas y para que le plantemos cara a los Arturo Ui del mundo, en vez de sumarnos a su bando.
            En efecto, lo que acaba de suceder en el tiempo de Brecht puede suceder en el futuro (y así lo advierte el autor al cerrar la obra), de la misma manera que ha sucedido en el pasado. Cuando vuelve la vista atrás, a la Historia, inevitablemente Brecht rememora el Ricardo III de Shakespeare, y así lo señala en el prólogo de su obra. Ricardo III es el retrato literario del dictador cínico y sin escrúpulos más certero que pueda hacerse. Ambos personajes son excelentes manipuladores gracias a una retórica supuestamente franca y desnuda, que incluso se vanagloria de ser ruda y que parece apropiada para un hombre de origen sencillo, del cual dice enorgullecerse. Su elementalidad conecta con el pueblo simple, lejos de cualquier matiz que pueda estudiar las distintas facetas de la realidad. Al cabo, la “verdad desnuda” demuestra ser la más retorcida y perversa de las retóricas, porque todo lo que dice es falso.
Tanto Hitler y su alter ego literario Arturo Ui, como Ricardo III están imposibilitados para disfrutar de la vida a causa de su naturaleza. La frustración y la envidia subsiguiente los impulsará a buscar su camino en la guerra, en la destrucción, en la muerte. Es curioso cómo unos personajes con un alma esencialmente mala apelan constantemente a una supuesta superioridad que resultaría justificación suficiente para que se convirtieran en líderes. Ricardo III, deforme corporal y moralmente, se dice superior por ser hijo de un noble; Arturo Ui quiere que todos lo vean como un santo, aunque él sabe perfectamente que está lejos de serlo; Hitler se justificará por la supremacía de la raza aria. Todos ellos encuentran una sociedad corrompida que les da paso libre. En el caso de Shakespeare serán las luchas intestinas entre las casas de York y Lancaster las que han destruido en país. La avaricia, la hipocresía, la falta de ideales y la cobardía serán las que destruyan la ciudad de Chicago en Brecht. Razones semejantes a las anteriores llevarán a la descomposición social de la Europa de la Segunda Guerra Mundial. El resultado: Ricardo III, Arturo Ui, Hitler.
            Shakespeare ayuda todavía más a la construcción del personaje de Arturo Ui. Una de las primeras escenas de la obra de Ricardo III es el encuentro de Lady Ana, la viuda de Enrique VI, que lleva en un ataúd a su difunto esposo, con el futuro Ricardo III, su asesino. Todos los buenos sentimientos de la viuda con respecto a su esposo y la condena del asesinato, en apariencia tan sinceros, demuestran ser falsos, pues bastan unas cuantas palabras de Gloster –el futuro Ricardo III-, para seducirla. De igual manera, en una de las últimas escenas de La ascensión de Arturo Ui la viuda de Ignatius Dullfeet, asesinado por Arturo Ui, todavía con el cadáver de su esposo presente, recibe las propuestas comerciales del asesino. Ella, presa del dolor, se niega a suscribir ningún pacto y jura que dedicará su vida a perseguir y desenmascarar a Arturo Ui. Pero los negocios son más poderosos que su dolor y en la escena siguiente nadie se acuerda del muerto ni de nada que no tenga que ver con el dinero. Paralelamente, en el mundo real, Europa se mostró insensible ante los crímenes de Hitler, aunque dijera sentirse conmocionada por los mismos y lo dejó hacer mientras obtuvo beneficios.
            Hay otra escena muy querida por Shakespeare que resulta muy efectista: el espectro de un muerto vuelve del otro mundo para reclamar venganza. Así pasa en Hamlet, en Macbeth y también en Ricardo III. Los espíritus de los que han sido asesinados se presentan ante el Rey para anunciarle su derrota. Brecht también la utilizará. En su caso reduce las distintas voces de los muertos a  las de un solo espíritu, el de Roma, el íntimo colaborador de Arturo Ui al que asesinó sin ningún tipo de escrúpulo, y que le advierte de que su fin llegará, pues de igual manera que él traicionó, será traicionado.
            Encontraremos una nueva deuda con el teatro shakesperiano en la escena sexta. En ella Arturo Ui está recibiendo clases de un actor para mejorar su manejo de las masas. Como modelo de estilo grandioso y capaz de conmover al pueblo, Brecht toma el discurso que pronuncia Antonio ante el pueblo de Roma en alabanza de César, asesinado por Bruto. La supuesta defensa de la traición de Bruto a favor de la República, se convierte en realidad en una arenga que termina sublevando al pueblo contra Bruto, quien, a su vez, había conseguido con un discurso anterior que el pueblo (que había recibido como un héroe a César)  aplaudiera su muerte.
Cuando Brecht se auxilia de Shakespeare no lo hace por un mero placer de tipo erudito, sino para romper el efecto ilusionista de su texto con un referente fácilmente reconocible por el espectador, de manera que acuda rápidamente a la mente la reflexión sobre lo que se está contemplando. Este es uno de los recursos de los que se vale para conseguir el efecto de “extrañamiento”. De igual modo, el prólogo de la obra, con el narrador presentando de manera burlesca a los personajes del drama, y su epílogo, dándonos la moraleja que tenemos que aprender, consiguen ese efecto distanciador. La misma función tienen los letreros que,  con lemas diversos, se muestran al público al inicio de las escenas de la obra, adjetivando las acciones  representadas.
            Por último quisiera señalar la economía y la precisión del lenguaje, la preocupación de Brecht por la plástica de las escenas, el uso de la música y la presencia de canciones en el texto. Todo ello nos brinda un espectáculo que, en efecto es capaz de entretener al espectador, de manera que todas las premisas brechtianas se cumplen.
            En conclusión, puedo afirmar que he encontrado en Brecht el autor esencial que los teóricos ensalzaban y que me ha parecido que el retrato que hace de Europa y Arturo Ui posee una actualidad aterradora.

Ana Rosa Díaz, 12-8-2011



[1] El “organon”  es el texto en el que enuncia Brecht su teoría teatral.